Sosteniendo compuertas

Foto de astrid westvang

El pulmón de la economía mundial está también conectado a un respirador. Medio paralizado, y respirando con dificultad. Asistiendo a un cuerpo, los sistemas de producción, que está convaleciente. En reposo. A la espera no sabemos muy bien de qué. Supervisado por un equipo de doctores (espero que lo sean en economía, y que nadie les haya regalado el título, y me da igual que sean doctoras; y discúlpame tanta suspicacia que es solo producto de la decepción y la amargura recocida a fuego lento). ¡Uff! Mejor comienzo de otra manera.

Hace unos años trabajé como voluntario en una consulta de Médicos del Mundo. ¡El trabajo más bonito que he hecho en mi vida! En una de mis primeras semanas me derivaron para tratamiento a un hombre de Costa de Marfil. Recuerdo el nombre del país porque siempre me ha sonado a safari y aventuras, a película de Tarzán en blanco y negro. Tenía el hombre un problema de ansiedad, síntoma que me pareció de lo más comprensible porque vivía en un descampado y dormía en un coche abandonado. En esos casos tener ansiedad no es un problema psicológico, es una necesidad vital. La ansiedad no deja de ser energía, y se necesita mucha para subsistir en esas condiciones. La cuestión es que toda la organización se volcó con él. Tratamiento médico, psicológico, se le consiguieron medicinas, ropa, comida, se le ayudó a tramitar papeles. Yo no sabía mucho de cooperación y la verdad es que todo aquello me parecía un poco exagerado. Se lo dije al médico: “Y con toda la gente que hay necesitada, ¿por qué nos volcamos tanto con éste?”. El doctor - un veterano de campos de refugiados de todo el mundo, con años de experiencia combatiendo enfermedades y pobreza, y todas las demás insidias que generan las guerras - me contestó lacónico: “por que este es el nuestro, este es el que nos ha tocado a nosotros; y si nos tocan diez, repartiremos nuestros esfuerzos entre diez; y si nos tocan mil, entre mil dividiremos nuestra atención; y si no tenemos suficientes recursos saldremos a la calle y nos partiremos la cara con quién sea para conseguir medios para ayudar a nuestra gente; pero ahora, ahora este es el nuestro”. No había necesidad de argumentar más. Me fui a mi casa satisfecho con la lección. Una sola gota de perfume pude producir un olor intenso. Una idea simple, si la restriegas bien entre tus neuronas, puede producir aprendizajes espectaculares.

Foto de William Murphy

A los humanos nos encanta quejarnos. Es casi una adicción. Quejarse es liberador. Para el quejica el objeto de la culpa es siempre externo. La culpa la tienen otras personas, porque no hacen las cosas correctamente; o la tiene el mundo que es ingrato y no te concede lo que mereces. Y, por descontado, si son los otros o el mundo los responsables del mal, la culpa no puede ser propia. De manera que quejarse es liberador. Una fórmula egoísta para autoabsolverse. ¿Sabes cuál es la mierda de todo eso? Que te quita toda la responsabilidad dejándote desarmado. ¿Cómo vas a cambiar algo que entiendes que no depende de ti? Si el problema es de los otros, y yo no puedo hacer nada para cambiarlo, seguiré quejándome y generando bilis. Ninguna de las dos cosas sirven para nada. Al menos así lo entiendo yo.

Es fácil ser marinero y echarle la culpa al capitán. Y al resto de los oficiales. Y no digo que a esa acusación no le falte razón en ocasiones. No quiero entrar en eso. Lo que digo es que no sirve para nada. El barco de la economía nacional tiene miles de compuertas. Cuando un barco empieza a hacer aguas cada uno tiene que sostener la suya. Hay que mantener lo que teníamos lo mejor que podamos, cada uno tiene que hacerse cargo de lo suyo, de lo que le ha tocado. Eso es lo que yo aprendí de mi compañero médico. Si es poco lo que puedes hacer, pues haz ese poco. Si tienes la sensación de que trabajas mucho y que obtienes escasos resultados; lo siento, y ¡enhorabuena!, estoy seguro de que estás en el buen camino. Si piensas que ahora no puedes hacer nada, dale otra vuelta a eso, consulta con otros en busca de ideas; ¡algo siempre se puede hacer! Pregúntate cuál debe ser tu contribución. ¿Qué es lo que tu tienes que hacer para mantener las cosas en marcha? Sostén tu compuerta. Porque al hacerlo estás sosteniendo el barco entero. No te obsesiones con lo que debería hacer la tripulación, recuerda lo poco útil que es asignar culpas. Concéntrate en lo que de ti depende. Puede que la respiración se lentifique, pero no debe pararse. Cuanto más se detenga más difícil será volver a ponerla en marcha. Los que luchen mejor saldrán más rápido del impasse. Si mucha gente lo hace bien, el país entero remontará. Pelea tu compuerta.

Todo mi apoyo y admiración para las que abren su restaurante aunque sea para dar cuatro comidas. Para los que siguen confeccionando ropa en sus talleres sin saber cómo y cuándo van a poder venderla. Para las que se reúnen por videoconferencia con sus socios para pensar cómo abrir nuevos mercados. Para los que siguen llamando a sus clientes y a sus proveedores para recordarles que siguen ahí y que el trabajo recomenzará algún día. Para los que pasan hora tras hora sentados en su oficina, esperando que alguien llame. Para los han tenido que aprender a hacer negocios, a resolver problemas o a dar clases a través de la pantalla de su ordenador. Los respiradores de la economía casera tienen forma de brazos, de pantallas, de manos ágiles, de cerebros inquietos. Alimentan los pulmones de la producción a fuerza de ilusión, de voluntad, de paciencia. De mucha paciencia. Se admiten instantes de desilusión, momentos de rabia y frustración. Está permitido caerse, el camino es largo; pero, por favor, no te rindas. Si tú lo haces nos debilitamos todos. Cada vez que alguien se rinde, toda la red se estremece. No te rindas. Puedes llorar y enfadarte si lo necesitas, pero no te quejes. Esto es lo que nos ha tocado. Así que cuida a tu emigrante imaginario, sujeta tu compuerta.

 

Alberto Rodríguez M.

19/04/2020

Alberto Rodríguez Morejón
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