Monos y pantallas

Foto de Víctor Bautista

Somos monos. Monos muy perfeccionados. Pero monos, al fin y al cabo. Aprendimos a vivir en un planeta que nos lo ofrecía todo, pero no regalaba nada. Nuestros cerebros han sido fraguados por miles de años de lucha, de trabajo para adaptarse a un contexto tan generoso como hostil. Solo los más inteligentes, los más fuertes, los más laboriosos, los más versátiles y los más sociables, sobrevivieron. Y durante ese proceso nuestros cerebros se fueron transformando, sin grandes saltos, con una lentitud exasperante. Pero con un resultado espectacular: el homo sapiens. Por el camino otras especies de homínidos se extinguieron, sin que tengamos claro por qué. Tal vez por su menor capacidad de adaptarse a los cambios, o quizás solo por azar, por mala suerte filogenética.

Los sapiens siguieron adelante en comunión con el planeta, al menos en sus comienzos. Durante miles de años hemos vivido en contacto con la naturaleza. Apegados a la tierra. Dejando que ésta nos marque sus ritmos. Levantándonos y acostándonos con el sol. Comiendo los productos que el terreno nos daba primero, aprendiendo a cultivar después. Pero siempre sometidos a las temporadas de lluvia, sol, viento, frio o calor; sometidos a las imposiciones de un planeta que seguía ofreciéndonos todo, pero sin regalar nada. Así que más nos valía seguir siendo rápidos y fuertes, trabajadores, inteligentes, dotados para la colaboración.

Por el camino fuimos creando una cultura, todo un bagaje de conocimientos y costumbres, de hábitos y normas. Al principio pasaban  de una generación a otra de boca en boca en forma de cuentos con moraleja ética, o de leyendas sobre héroes a los que había que imitar. Luego empezamos a escribir para que nada se olvidara. Para hacer perdurar nuestra sabiduría, pero tambén para imponer formas de actuación y para beneficiar y dar poder a determinadas ideas y clases sociales. Noah Harari en su célebre libro Sapiens defiende que la cultura es una ficción compartida, una ficción tan poderosa que durante cientos de años ha conseguido que las personas se aferren a ella para sentirse parte de un grupo. Así que en nombre de la cultura dominante en cada momento se han conseguido grandes logros, pero también se han perpetrado terribles maldades. Nuestra historia es cruel.

En evolución, la cultura moderna se fue humanizando; esto es, fue teniendo en cuenta valores positivos universalmente aceptados sobre los derechos que cada individuo debía poder disfrutar simplemente por pertenecer a la especie humana. La teoría está clara, en la práctica estamos todavía bastante lejos de conseguir mínimos aceptables en una buena parte del mundo. Pero al menos ya no necesitabas ser el (la) más fuerte para sobrevivir, porque todo un sistema cultural y judicial nos protege de los excesos de los violentos. Aún así, las personas más competentes y trabajadoras siguen teniendo - afortunadamente - más posibilidades, ya no de supervivencia, sí de éxito, sea este lo que sea. Así que el planeta, aparentemente, evolucionaba hacia un futuro mejor.

Luego llegaron las pantallas. Al principio se colaron tímidamente en nuestros salones, televisiones las llamaban. Eran - las pantallas - pequeñas todavía, y tenían formas raras. Y apenas se podía ver lo que dentro de ellas ocurría. Transmitían programas en blanco y negro, pocos y tirando a aburridos. Así que tampoco cambiaron mucho la vida de la gente. Los sapiens seguían saliendo a encontrarse con otras personas y los niños jugaban en la calle, y los antiguos monos continuaban, más o menos, en contacto con la naturaleza. 

Con el tiempo, insidiosamente, las pantallas fueron agrandándose y se hicieron dueñas de los salones de las casas. Y más tarde se propagaron a dormitorios y cocinas, y ya no quedó ningún espacio que no pudieran vigilar. Además, se hicieron más atractivas, se llenaron de colores y empezaron a ofrecer programas que competían exitosamente con la realidad. Si al principio pudieron ser un elemento para difundir cultura, en forma de documentales y buenas películas, pronto se convirtieron en todo lo contrario. Las pantallas se envalentonaron y empezaron a decidir lo que era cultura y se llenaron de personajes mediocres que exponían sin remilgos sus vidas anodinas entre gritos y ataques de histeria. Y las personas dejaron poco a poco de mirar fuera y comenzaron una lenta, pero inexorable, desconexión con el exterior.

Foto de Artur Rydzewski

Luego ocurrió algo inesperado, las pantallas se cansaron de esperarnos en casa y decidieron que el siguiente paso era moverse con nosotros. Así que nos asaltaron, fagocitaron nuestros teléfonos y los convirtieron en otra pantalla. Y se crearon tabletas y ordenadores portátiles para que, sin importar dónde estemos, podamos asomarnos a ellas. Este fue el golpe definitivo. Sin saber cómo ni porqué los sapiens fueron decidiendo que la vida que mostraban las pantallas era más interesante que la que sucedía fuera. Y las propias personas empezaron a usar los aparatos para crear vidas falsas que mostrar a los demás a través de las redes. Se dedicaron a intercambiar mensajes compulsivamente y a pasar horas y horas esperando a que otro conteste, y más horas todavía analizando qué quiso decir con su respuesta. A ver videos que, con frecuencia, reflejan índices de estupidez humana nunca antes alcanzados. Empezaron a preguntarle a la pantalla que tiempo hacía fuera, en vez de mirar por la ventana para comprobarlo. Y la gente empezó a tener más sexo a través de las pantallas que con sus parejas. Y los niños aprendieron que eran más divertidos los videojuegos que salir a darle patadas a las latas y a correr, y a acusarse unos a otros de estar enamorados de Nacho o de Margarita.

Así que el homo sapiens que dominó el planeta aprendiendo a adaptarse a las condiciones cambiantes, a las estaciones, o a las catástrofes. Ese mono evolucionado que vivía siguiendo los designios del sol y la luna, del viento y la lluvia, en contacto siempre con la naturaleza. Ese pobre mono que por un momento se creyó dios, ahora vive esclavo de mil pantallas. Vive tan conectado a las imágenes de un aparato, que se desconectó del exterior y no es capaz de escuchar los quejidos de un planeta que agoniza. El mismo planeta que le ayudó a crecer, que propició que su cuerpo y su cerebro evolucionaran. Vivimos. Todos. O mejor, sobrevivimos todos, tan conectados a las pantallas que hemos dejado de pasar tiempo con otros seres humanos y, lo que es todavía peor, hemos dejado de pasar tiempo con nosotros mismos. A la gente le aterroriza tanto pasar un segundo a solas que saca mil veces al día su pantalla para estar entretenida, anestesiada.

Escribo esto en una pantalla. Tú lo lees en otra. A lo mejor ya se ha producido un nuevo salto en la evolución y ahora somos el homo sapiens pantalliciensis. A lo mejor ya somos el homo stultus.

 

Alberto Rodríguez M.

 

Alberto Rodríguez Morejón
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