Pensar es hablar con uno mismo

Foto de Alberto Rodríguez

Pensar es hablar con uno mismo. La idea puede parecer algo reduccionista, pero es básicamente eso. Nuestra mente hace una doble trabajo. Nos permite vivir en el presente: vemos, oímos, sentimos y reaccionamos a todo lo exterior de una manera bastante rápida. Pero además –en segundo plano y de forma más lenta– reflexionamos sobre lo que nos va ocurriendo, y tratamos de extraer aprendizajes. Piensa en la última vez que te sucedió algo desagradable. Pongamos que tuviste una discusión con alguien. Tal vez dijiste cosas que no pensabas y tuviste una reacción emocional inesperada. Luego te pasaste horas tratando de entender lo que había ocurrido y te costó un tiempo acallar tus emociones. La escena del presente simplemente sucedió. Todo pasó rápido, sin tiempo para andar pensando mucho. Reaccionaste como pudiste. Luego vino la segunda parte, la reflexión. Y ahí empieza la conversación contigo mismo, la auto-charla.

Hay una forma muy productiva de usar la reflexión que tiene su máxima expresión en la toma decisiones. Tenemos un problema que resolver y nos sentamos a buscarle una solución. Contemplamos las diferentes opciones y elegimos una. La que nos parece mejor, o la menos mala. Lo interesante de esta forma de actuar es que ponemos nuestra mente a trabajar para nosotros, la dirigimos. Por el contrario, al funcionamiento mental más estéril le llamamos rumiar. Es lo que hacemos cuando nos cuesta encajar un acontecimiento, masticarlo. Ocurre de forma casi automática. El recuerdo del disgusto te viene a la cabeza una y otra vez. Y te descubres volviéndote a contar la historia incesantemente. Como si de una maldición se tratara. El cerebro lo hace por una buena razón: está diseñado para eso, para aprender. Es una máquina fantástica que se rige por un principio básico que nos ha hecho una especie exitosa a la hora de sobrevivir: hay que estar preparados para el futuro. De manera que, es fundamental entender el pasado para no repetir errores, y hay que tratar de anticipar el futuro para estar preparados para afrontarlo. Así que, ¡a pensar toca!

¿Sabes cuál es el problema de toda esta auto-charla cuando es improductiva? Cada vez que vuelves a recordar el acontecimiento doloroso revives de nuevo la situación y todas las emociones que en ella aparecieron. Y te vuelves a sentir mal. Una advertencia: si después de hacerlo varias veces no has encontrado una solución, probablemente es porque no la tiene. A veces, buscamos persistentemente un objeto en el cajón en el que creíamos haberlo dejado. Sin encontrarlo. Porque no está ahí. Pero seguimos buscándolo porque estamos absolutamente convencidos de que es allí donde lo guardamos. Y de que tal vez aparecerá si lo buscamos con más profundidad. Pero no está. Así que no lo encontramos. Como las explicaciones o las soluciones. No siempre existen. O las que aparecen son malas. O son, desgraciadamente, inaceptables.

Así que nos atascamos en conversaciones interminables. Charlas en las que nosotros mismos somos el interlocutor. Nos hacemos las mismas preguntas y nos damos las mismas respuestas. Y nos parece que estamos pensando, y que si seguimos haciéndolo tal vez aparezca la iluminación.  Como el objeto perdido del cajón. Por eso es tan bueno hablar con otras personas, pensar en voz alta con otros. Porque los demás nos hacen preguntas diferentes, nos ofrecen nuevos puntos de vista, ideas frescas para ayudarnos a encontrar respuestas distintas, explicaciones más convincentes, soluciones alternativas. Al final esa es la idea importante: si hablando contigo mismo entras en bucle, mejor habla con otras personas. Es simple, lo sé. Pero potente.

Alberto Rodríguez M.

Alberto Rodríguez Morejón
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