RE-EVOLUCIÓN                

Alberto Rodríguez M.

Foto de Neil Cummings

EL HOMBRE DEL TRAJE RAÍDO

Foto de Alfred Grupstra    

Tendría unos cuarenta años, vestía traje negro raído, desgastado del tiempo y de los caminos. Avanza con andar alucinado, con el impulso último de la desesperación. Lleva una maleta de mano destartalada y carga un bebé aparentemente dormido sobre su hombro.  El hombre es sólo uno más de una fila de refugiados, de fantasmas desahuciados de alguno de esos países destrozados de oriente próximo. Seguramente sirio, eso es lo de menos. La cámara graba desde abajo, apostada en una cuneta. Los caminantes no se percatan de su presencia. O casi ninguno. Una niña de pocos años sigue al hombre del traje negro. Viste una túnica desastrada y va descalza, abraza algo que parece una manta. Gira la cabeza despacio sonriendo al cámara mientras continúa caminando. Pelo azabache rebelde, sonrisa desdentada, ojos negros enormes que remarcan su carita sucia. El plano busca al siguiente espectro, la caravana del terror es larga.

 

Quiero pensar que el bebé solo estaba dormido. Quiero pensar que unos metros después el hombre se detuvo y ofreció su mano a la niña. Quiero pensar que era su hija y no una huérfana más de las que recorren las veredas del planeta. Quiero pensar que juntos llegaron a algún sitio, que alguien les ofreció cobijo, que tuvieron un futuro en alguna parte. Yo no me olvido del hombre. Ni de la niña. Ni del bebé aparentemente dormido. Ese día me prometí que nunca más volvería a quejarme. ¡No lo he conseguido!

Los ojos del que mira

Foto de Carlos Perez

Cuando yo era estudiante, allá en la Salamanca de los años 80, había un viejito que vendía poesías. Paseaba su andar parkinsoniano  por las calles que salen de la Plaza Mayor, en el centro de la ciudad. Era su caminar tambaleante, un desafío constante a las leyes de la gravedad. Yo siempre me lo imaginé asistido por los espíritus de todos los poetas muertos. Estoy casi seguro de que formaron un sindicato y que cada día le tocaba a uno ir a velar para que el anciano no tropezara en los irregulares adoquines de la calle. «Hey, Larra que hoy te toca a ti, que ayer fue Bécquer».

Es Salamanca una ciudad antigua de piedras ilustres. Con sillares dorados e historias solemnes fueron construidos sus edificios. De universidades y templos presumen sus calles. Es una ciudad vieja, repleta de gente mayor, como el resto de la ciudades de Castilla (y de León que no es Castilla pero como si lo fuera). De viejos que se cruzan, sin mezclarse, con los jóvenes estudiantes de su próspera universidad. La vida en Salamanca está condenada a pasar por la Plaza Mayor, como en toda ciudad radial. Por las calles del centro caminan incansables los ciudadanos, persiguiendo cada uno su afán. Corren los estudiantes que llegan tarde a clase; deambulan curiosos los turistas sorprendidos por la mezcolanza de bares e iglesias; caminan despacio los lugareños en busca de un comercio o de un encuentro inesperado. 

En ese escenario el viejito vendepoesías pregona con voz estridente su producto: «Cómprame una poesía, cómprame una poesía». Camina con pasitos cortos e inseguros, pero raudo, mirando adelante, ajeno al trajín de los otros viandantes. «Cómprame una poesía» No parece tener mucho interés en vender. A veces ni siquiera se percata del gesto que algún turista le hace para intentar transar con él. Va enfilado. Con una trayectoria fija. Cuando llega a mitad de la calle frena progresivamente, le cuesta unos metros. Ahí es donde los espíritus de los poetas muertos hacen el trabajo más fino, se les intuye abriendo los brazos, protegiendo los flancos, atentos a sostenerlo si da un traspiés. Media vuelta y poco a poco retoma su velocidad de crucero. Cada paso es una palabra, cada giro un verso, una estrofa por trayecto. Todo el viaje una poesía. Su vida un libro incompleto.

—¿A cómo son las poesías señor? —pregunto tímidamente.

—El arte no tiene precio hijo —responde entre pícaro e insolente. Me lo imagino repitiendo mil veces la ocurrencia ante cada cliente que consigue detener su carrera.

Le doy una moneda. Su gesto me deja claro que mi “no-precio” no es de su agrado. Es solo una mueca fugaz. Aprovechando la pausa, otros compradores se acercan a él curiosos. Tres o cuatro acaban comprando. Son versos corsarios, escritos a máquina en hojas amarillentas y recortados a pedazos con pulso inseguro. Hablan de piedras viejas, de himnos, de banderas. Están construidos con palabras altisonantes, rancias. Describen un mundo que ya no existe, o que ya únicamente sobrevive en la cabeza del viejito vendepoesías. Algunos compradores arrugan el papel y lo tiran disimuladamente al suelo. No hay peligro de que se ofenda. El poeta ha retomado su imparable marcha, quizás persiguiendo la inspiración, tal vez huyendo de la muerte. Rodeado de sus espíritus protectores. Él también tendrá su lugar en el infierno de los poetas. El cielo no es un buen lugar para los que viven de la lírica. La inspiración nace del dolor, del amor no correspondido, de la felicidad desatada. Los poeta estrujan las emociones hasta convertirlas en palabras. Cada verso es una lágrima, una sonrisa, una punzada en el pecho.

La tarde cae y el color aureo de la piedra se transforma en el granate que anuncia la noche. Me imagino la ciudad vista desde arriba. ¡Qué ciegos estamos a veces! La belleza no está en las palabras que escribió el abuelo. La belleza está en la escena. En la calles doradas de la ciudad antigua, en el caminar obstinado del viejo, en los poemas rotos que transformados en papel arrugado huyen asustados entre los pies de la gente. La belleza está, siempre, siempre, en los ojos del que mira. En los ojos del que mira.

Sosteniendo compuertas

Foto de astrid westvang

El pulmón de la economía mundial está también conectado a un respirador. Medio paralizado, y respirando con dificultad. Asistiendo a un cuerpo, los sistemas de producción, que está convaleciente. En reposo. A la espera no sabemos muy bien de qué. Supervisado por un equipo de doctores (espero que lo sean en economía, y que nadie les haya regalado el título, y me da igual que sean doctoras; y discúlpame tanta suspicacia que es solo producto de la decepción y la amargura recocida a fuego lento). ¡Uff! Mejor comienzo de otra manera.

Hace unos años trabajé como voluntario en una consulta de Médicos del Mundo. ¡El trabajo más bonito que he hecho en mi vida! En una de mis primeras semanas me derivaron para tratamiento a un hombre de Costa de Marfil. Recuerdo el nombre del país porque siempre me ha sonado a safari y aventuras, a película de Tarzán en blanco y negro. Tenía el hombre un problema de ansiedad, síntoma que me pareció de lo más comprensible porque vivía en un descampado y dormía en un coche abandonado. En esos casos tener ansiedad no es un problema psicológico, es una necesidad vital. La ansiedad no deja de ser energía, y se necesita mucha para subsistir en esas condiciones. La cuestión es que toda la organización se volcó con él. Tratamiento médico, psicológico, se le consiguieron medicinas, ropa, comida, se le ayudó a tramitar papeles. Yo no sabía mucho de cooperación y la verdad es que todo aquello me parecía un poco exagerado. Se lo dije al médico: “Y con toda la gente que hay necesitada, ¿por qué nos volcamos tanto con éste?”. El doctor - un veterano de campos de refugiados de todo el mundo, con años de experiencia combatiendo enfermedades y pobreza, y todas las demás insidias que generan las guerras - me contestó lacónico: “por que este es el nuestro, este es el que nos ha tocado a nosotros; y si nos tocan diez, repartiremos nuestros esfuerzos entre diez; y si nos tocan mil, entre mil dividiremos nuestra atención; y si no tenemos suficientes recursos saldremos a la calle y nos partiremos la cara con quién sea para conseguir medios para ayudar a nuestra gente; pero ahora, ahora este es el nuestro”. No había necesidad de argumentar más. Me fui a mi casa satisfecho con la lección. Una sola gota de perfume pude producir un olor intenso. Una idea simple, si la restriegas bien entre tus neuronas, puede producir aprendizajes espectaculares.

Foto de William Murphy

A los humanos nos encanta quejarnos. Es casi una adicción. Quejarse es liberador. Para el quejica el objeto de la culpa es siempre externo. La culpa la tienen otras personas, porque no hacen las cosas correctamente; o la tiene el mundo que es ingrato y no te concede lo que mereces. Y, por descontado, si son los otros o el mundo los responsables del mal, la culpa no puede ser propia. De manera que quejarse es liberador. Una fórmula egoísta para autoabsolverse. ¿Sabes cuál es la mierda de todo eso? Que te quita toda la responsabilidad dejándote desarmado. ¿Cómo vas a cambiar algo que entiendes que no depende de ti? Si el problema es de los otros, y yo no puedo hacer nada para cambiarlo, seguiré quejándome y generando bilis. Ninguna de las dos cosas sirven para nada. Al menos así lo entiendo yo.

Es fácil ser marinero y echarle la culpa al capitán. Y al resto de los oficiales. Y no digo que a esa acusación no le falte razón en ocasiones. No quiero entrar en eso. Lo que digo es que no sirve para nada. El barco de la economía nacional tiene miles de compuertas. Cuando un barco empieza a hacer aguas cada uno tiene que sostener la suya. Hay que mantener lo que teníamos lo mejor que podamos, cada uno tiene que hacerse cargo de lo suyo, de lo que le ha tocado. Eso es lo que yo aprendí de mi compañero médico. Si es poco lo que puedes hacer, pues haz ese poco. Si tienes la sensación de que trabajas mucho y que obtienes escasos resultados; lo siento, y ¡enhorabuena!, estoy seguro de que estás en el buen camino. Si piensas que ahora no puedes hacer nada, dale otra vuelta a eso, consulta con otros en busca de ideas; ¡algo siempre se puede hacer! Pregúntate cuál debe ser tu contribución. ¿Qué es lo que tu tienes que hacer para mantener las cosas en marcha? Sostén tu compuerta. Porque al hacerlo estás sosteniendo el barco entero. No te obsesiones con lo que debería hacer la tripulación, recuerda lo poco útil que es asignar culpas. Concéntrate en lo que de ti depende. Puede que la respiración se lentifique, pero no debe pararse. Cuanto más se detenga más difícil será volver a ponerla en marcha. Los que luchen mejor saldrán más rápido del impasse. Si mucha gente lo hace bien, el país entero remontará. Pelea tu compuerta.

Todo mi apoyo y admiración para las que abren su restaurante aunque sea para dar cuatro comidas. Para los que siguen confeccionando ropa en sus talleres sin saber cómo y cuándo van a poder venderla. Para las que se reúnen por videoconferencia con sus socios para pensar cómo abrir nuevos mercados. Para los que siguen llamando a sus clientes y a sus proveedores para recordarles que siguen ahí y que el trabajo recomenzará algún día. Para los que pasan hora tras hora sentados en su oficina, esperando que alguien llame. Para los han tenido que aprender a hacer negocios, a resolver problemas o a dar clases a través de la pantalla de su ordenador. Los respiradores de la economía casera tienen forma de brazos, de pantallas, de manos ágiles, de cerebros inquietos. Alimentan los pulmones de la producción a fuerza de ilusión, de voluntad, de paciencia. De mucha paciencia. Se admiten instantes de desilusión, momentos de rabia y frustración. Está permitido caerse, el camino es largo; pero, por favor, no te rindas. Si tú lo haces nos debilitamos todos. Cada vez que alguien se rinde, toda la red se estremece. No te rindas. Puedes llorar y enfadarte si lo necesitas, pero no te quejes. Esto es lo que nos ha tocado. Así que cuida a tu emigrante imaginario, sujeta tu compuerta.

 

Alberto Rodríguez M.

19/04/2020

Las ventanas son historias

Foto de la Ezwa

Las ventanas son ojos. Cuadradas o rectangulares. Grandes o pequeñas. Las ventanas son los ojos por los que los hogares miran el mundo. Pueden parecer accesorias, aburridas; pero son esforzadas trabajadoras. Deben resguardar celosamente la vida secreta que transcurre en su interior y, además, todas miran curiosas tratando de averiguar lo que ocurre fuera. Cada una de ellas ofrece un paisaje, de todas se escapa una historia.

Hay ventanas de campo y ventanas de ciudad. Las de campo son estructuras recias. Están hechas para proteger a la gente de dentro, no se permiten veleidades. Son amigas de los pájaros y los insectos, conviven con ellos pero imponiendo su disciplina: "no puedes pasar, cada uno ha de tener su sitio". Las ventanas de campo son severas, orgullosas. Observan desde su soledad la campiña. No se cansan de mirar prados y árboles, ríos y montañas. Son testigos silenciosos del paso de las estaciones. Cada temporada les impone un reto. Hay que resistir herméticamente para no dejar entrar al invierno, y luego abrirse poco a poco para permitir que la primavera caliente las habitaciones. En el verano se transforman en esforzados veleros buscando rachas de viento que alivien, aunque sea un instante, el fuego del interior. Pero, la mejor época para las ventanas de campo es el otoño. 

En otoño las ventanas se convierte en pantallas multicolores. En esta estación están prohibidas las persianas. Es fundamental estar atentos al espectáculo de la naturaleza. En otoño la luz juega con los cristales. Mientras los verdes se transmutan en marrones y la naturaleza se desprende de lo accesorio. Las ventanas observan impasibles el paso de cada nube, la caída ondulante de cada hoja. A veces no pueden contener su entusiasmo y se abren en un aplauso, golpeando los batientes con la complicidad del viento. Mucha gente no lo sabe, pero a las ventanas les gusta la lluvia. Juegan a retener las gotas de agua sobre las cristales y a mezclarlas con rayitos de luz perdidos formando caleidoscopios. Después dejan que las gotitas luminosas compitan en errática carrera para llegar al marco. Y a veces ocurre el milagro. La mayor recompensa que una buena ventana puede recibir. La nariz de un niño se pega a su cristal y lo empaña con su respiración. Juega el pequeño a acariciar el vidrio frotándolo con el dedo para ayudar a que la gota caiga, se estrelle contra el filo y desaparezca. El agua se esparce por la calle y la luz alumbra, por un instante, la pupila de su conductor.

Las ciudades están llenas de ventanas claustrofóbicas que viven atrapadas en estrechos patios de vecinos. Ofrecen paisajes de cuerdas y ropa tendida. Ellas miran con timidez para no trastornar la intimidad de las otras ventanas. Cada una es vigilante celoso de lo que ocurre en su interior, aunque no siempre pueden evitar que, en un descuido, se filtren imágenes del drama que se escenifica detrás del telón de las cortinas. La frustración mayor de una ventana es no poder enseñar el cielo. Todas añoran el azul, es su color favorito. Las más viejas acaban deformadas, se retuercen hacia arriba tratando de vislumbrar el sol; en vano intento de cumplir la función que el diseño de un desconsiderado arquitecto les hizo imposible.

En las ciudades también hay ventanas afortunadas. Éstas ofrecen horizontes de antenas y tejados. Paisajes de edificios y calles. Las de ciudad son ventanas exhibicionistas, cosmopolitas. Dejan que las atraviese el ruido de las calles, el murmullo de los coches, el bullicio de la gente que viene y va. Pero también saben ser paranoicas y encerrarse tras persianas y visillos. Entonces miran hacia adentro, a la oscuridad interior torturada por la luz eléctrica. A las ventanas no les gusta la electricidad, están hechas para la luz solar. La electricidad es solo un triste sustituto. Muchas añoran los tiempos en los que no había cristales y su único abrigo era una tabla de madera.

La gran riqueza de una ventana de ciudad es mostrar a los ocupantes millares de ventanas hermanas con las que soñar. La curiosidad es cualidad de toda ventana que se precie. Sobre todo de las más viejas, las fabricadas en madera, esas que ya no deben abrirse porque es posible que no vuelvan a encajar de nuevo. Las ventanas de ciudad se miran unas a otras con impasible descaro. Simulando indiferencia para no perturbarse demasiado, pero incansables acechadoras de cambios. Ellas tienes su propio lenguaje de signos. Una persiana a medio bajar, una cortina accidentalmente abierta, una pieza de ropa colgada. Cada gesto tiene un significado. Son como las banderas de señales de los marineros. Ningún detalle pasa desapercibido para las demás. A veces, para provocar, una ventana puede proyectar sombras que se mueven en bailes confusos. Otras muestran descaradamente personas que se apoyan en sus quicios mirando hacia afuera. Pero eso no dura mucho tiempo, las ventanas son divas engreídas, poco amigas de ceder demasiado protagonismo a las personas.

Por eso, yo, he hecho un pacto de honor con mis ventanas. Les dejo ser las héroes casi todo el tiempo. Les permito ser curiosas. y dejo que me cuiden a su manera. No les recrimino cuando deciden - impunemente - compartir mi intimidad con las demás ventanas. Tampoco me enfado demasiado cuando son perezosas y dejan que la lluvia o el viento se cuelen con descaro en mi habitación. A cambio, solo les pido unos instantes. Tiempo robado a su arrogante protagonismo. Entonces las abro de par en par, y hago como si no existieran. Ahora soy yo el que miro. Dejo que mi casa se llene de reflejos de sol y de bocanadas de brisa. La neblina se extiende por la bahía y los barcos parecen fantasmas que se escapan de un puerto misterioso. Las gaviotas vienen a saludarme. Pero no dejo que nada me distraiga. Yo solo miro a las ventanas, a las otras ventanas, a las de fuera. Y juego a imaginarme la vida de la gente que está detrás de ellas. Las ventanas son historias.

 

Alberto Rodríguez M.

10/04/2020

Solo queda la luz

Foto web de la NASA

Yo la muerte me la imagino como una gran explosión en dos fases. En la primera un torbellino negro arrastra nuestra conciencia. En él giran vertiginosos todos nuestros recuerdos. El pasado y el presente se funden en una sola historia. Ya no importa qué fue real y qué imaginario. Eso es lo bueno de morirse, que ya no importa nada. Los recuerdos bailan como juguetes rotos en la última espiral, arrastrados hacia el vórtice. Se descomponen primero en imágenes para luego volver a fusionarse. Las historias se superponen, se retuercen, se estiran, se entremezclan.  Luego. Luego todo explota. Se consume. Se funde en negro. Se hace el vacío. Un silencio solemne. Infinito. La nada. Y ahí .. ., ahí es cuando todo empieza de nuevo.

Una chispa brillante surca el aire, como si de un fuego artificial se tratara. Es sólo energía, un espíritu libre que ha dejado por fin atrás la pesadez del cuerpo, el sufrimiento de la carne. Vuela feliz hacia arriba. Lo hace sin ruido, ya no quiere molestar a nadie. Cruzando paredes. Sorteando tejados. A veces no puede evitar atravesar el cuerpo de un vivo - todavía añora la piel - arrancando de éste un suspiro. Pero el espíritu no se detiene entre la gente, busca anhelante la naturaleza, la fuente última de la vida. Quiere volver a ser energía. Juega a enroscarse con las nubes, intentando inútilmente deshacerlas en jirones. Luego se deja caer a plomo para sumergirse en el agua. Planea sobre las olas, absorbiendo su frescor. Pequeñas centellas de gotas de agua luminosa se desprenden a su paso. Se funde con la hierba, dejando que se le pegue su olor. Atraviesa montañas, lentamente, disfrutando la experiencia. Quiere estremecerse con la frialdad de la nieve, sentir el tacto rugoso de la tierra, la solidez de la piedra, el ardor del fuego que alimenta el planeta por dentro. Y luego se va. Abandona la Tierra.

Foto web de la NASA

Algunos espíritus son remolones. Quieren disfrutar un poco más de este mundo. Así que se entretienen jugando a ser pájaros, o caballos, o glaciares, o lava de volcán. Les gusta buscar las tormentas para electrocutarse con los rayos. Se funden con las gotas de agua para caer a peso sobre la tierra y dejarse absorber por las plantas. Escapan luego a través de las flores, cuidadosos de no dañar sus pétalos al volver a transformarse en luz. Y después se van. Tienen que irse. Su destino es otro. Así que atraviesan raudos el cielo, sin mirar atrás, ya se llevan todo lo que necesitan. Muchos no pueden evitar un estremecimiento al salir al espacio. Pero no vuelven la mirada. Tienen el recuerdo del aire y las nubes, de la tierra y la piedra, del agua y la nieve. El recuerdo del fuego.

Los espíritus no deambulan errantes por el universo. Viajan buscando su estrella. Cada uno tiene la suya asignada. Ha sido así desde el principio de los tiempos. A veces es un planeta grande, para los espíritus con mucha energía; otras, más pequeño para los espíritus menos hacendosos; los más errantes se enganchan a cometas; los díscolos se convierten en meteoritos. Cada uno tiene su lugar, su función. Todos son cuerpos celestes. Al principio, los espíritus se asientan en la corteza; pero, poco a poco, comienzan a empapar el planeta, su planeta. Le transmiten sus recuerdos. Le  contagian la añoranza del agua y del fuego. Le trasladan el anhelo de todas las plantas, de todos los animales. La ambición de la vida. El tiempo ya no importa. En el reloj del universo los segundos son milenios. 

A veces, las menos, la semilla de la vida fructifica en algunos planetas, y los recuerdos del espíritu se transforman en naturaleza nueva. Es un proceso lento. Empieza en pantanos brumosos, donde extrañas criaturas unicelulares pugnan por convertirse en algo más complejo. Todo tiene un orden establecido. Todo está grabado en la memoria del espíritu. La vida se cocina a fuego lento, entre chispas de volcanes y agua tumultuosa. Otras, las más, el cuerpo celeste  continua el resto de la eternidad como una gran bola de luz. Su resplandor permanente ilumina el camino de los nuevos espíritus errantes que todavía no han encontrado su destino. 

Si algún día estás triste, si te sientes pequeña. Sal a tu ventana una noche sin nubes. Extiende tus brazos hacia arriba y mira al firmamento. Entonces verás la luz. Al final..., ¡solo queda la luz!

 

Alberto Rodríguez M.

9/04/2020

Por quién doblan las campanas

Foto de Craig Piersma

“La muerte de cualquier hombre me disminuye porque soy parte de la humanidad; por eso,  nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”. Es la frase de John Donne, un poeta inglés del siglo XVI, que se hizo popular cuando Ernest Hemingway la convirtió en título de una de sus novelas más famosas: “Por quién doblan las campanas”. “La muerte de cualquier hombre me disminuye..”. ¿De cualquiera? No es cierto. De cualquiera no. Hay muertes que sentimos como si nos arrancaran un brazo. Otras, en cambio, son solo balas que pasan cerca sin rozarnos, nos alteran momentáneamente, pero seguimos adelante sin hacerlas demasiado caso. En este momento, en el planeta, hay muertes de primera y muertes de segunda. Piénsalo.

En los suburbios de las grandes ciudades de América, de África o de Asia va a morir mucha gente. En los campos de refugiados de Etiopía, de Kenia, de Palestina, de Jordania, de Pakistán o de Turquía va a morir mucha gente. No se sabrá si de esto o de lo otro. No se sabrá si más o menos que antes. Para los muertos de los países desfavorecidos no hay estadísticas, no hay curvas, no hay picos. Es siempre la misma muerte. Sin trajes de protección personal, sin máquinas que prolonguen la vida, sin apenas cuidados médicos. ¡La misma muerte de siempre! Las ONG tienen las manos atadas, todos los recursos se quedan aquí. Hay demasiadas víctimas próximas para pensar en las lejanas. ¿Lejanas? ¡Turquía esta aquí a lado!

Ahora el gran ojo de Mordor de la prensa vigila solo Europa y Estados Unidos. Allí viven los ciudadanos que pagan la publicidad que sale en los noticieros. Hay demasiada información local como para que las penas de otros ocupen espacio en nuestra prensa. Por cierto, me pregunto: ¿por qué las noticias son siempre malas noticias?

Todo por esta enorme prepotencia occidental que se plasma como en ningún sitio en las películas de acción estadounidenses. El rambo de turno con su arma prodigiosa asesina a decenas de “malvados” enemigos. Estúpidos actores de reparto que caen como imbéciles sin tiempo para defenderse. Pero, cuando uno de los buenos es herido, ¡entonces sí es algo grave!. Y como llegue a morir tendremos un drama. Himnos sonando y banderas ondeando orgullosas al viento. ¿De dónde hemos sacado los occidentales que nuestros muertos valen más que los ajenos? Increíble nuestra ceguera. Inadmisible nuestra prepotencia.

La muerte nos iguala. Así lo recitaba Jorge Manrique en sus sentidas Coplas a la muerte de su padre: “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir…allegados, son iguales, los que viven por sus manos y los ricos”.

 

Alberto Rodríguez M.

8/04/2020

¡Arremángate muchacho!

Yo nací cuando Franco todavía gobernaba España. Tal vez esa no es la expresión más afortunada. Dejémoslo en: cuando el régimen franquista todavía manejaba los hilos de este país. Porque en aquel entonces el viejo ya estaba para pocas y, por más mandón que fuera, ya andaba aflojando mucho su tiranía. En casa de mis abuelos, en un pueblo de Castilla, apenas había luz eléctrica: un par de bombillas durante algunos ratos. A por agua había que ir a una fuente pública, sorteando los surcos de barro que la lluvia tallaba cada invierno en las calles sin asfaltar. No recuerdo mucho de Franco, la verdad. Alguna imagen de sus discursos disártricos que no se si es del todo real o prestada por algún NODO que haya podido ver después. Si recuerdo ir con mi abuelo a la era, a trillar el trigo. Con una mula y un trillo de madera incrustado de lascas de pedernal. Allí hice mis primeras prácticas como conductor. Haciendo girar la mula una y otra vez sobre la parva de espigas. Escuchando el inconfundible ruido de la paja que al quebrarse iba soltando, de a poquitos, el preciado grano. Recuerdo el ritual de cada mañana. - ¡Vamos arremángate muchacho! - decía el abuelo, - ¡hay que ponerse a trabajar! -. A mí se me quedó esa costumbre. Suelo empezar la primera clase del día doblando cuidadosamente mis mangas. Es  para mí un ritual de inicio de jornada. Será que nunca he perdido el alma de campesino. ¡Ojalá que nunca la pierda!

Luego fueron muchos años de recogerme las mangas. Vuelvo a corregir. Fueron muchos años en los que España entera se arremangó y el país se transformó por completo. En mi época de estudiante pensábamos que cualquier cosa que venía de fuera era mejor. Desde las chocolatinas hasta los libros. Admirábamos la cultura europea o a la estadounidense. La autarquía nos dejo un inmenso complejo de inferioridad que tardamos en superar. Pero lo hicimos. Los milenials españoles conquistan con descaro el mundo. Como viajeros, como profesionales, como artistas o como influencers (sea eso lo que sea). En mi profesión pasa lo mismo. La mayoría de las veces que asisto a la ponencia de una reputada profesional extranjera, me defrauda. No nos cuenta nada nuevo, nada que no supiéramos ya. No es un fallo, pobrecitos, de los especialistas de fuera, es que el mundo ha cambiado mucho. La información está ahora rápidamente accesible a todo el mundo. La ciencia se transmite a toda velocidad por canales digitales. Sólo hay que arremangarse para acceder a ella.

Foto de De José-Manuel Benito. En Wikipedia

Foto de Erik Drost

Pues sí. Este país ha cambiado mucho. Hemos diluido tópicos, pulverizado estereotipos. Aquí con menos dinero que en otros sitios hacemos investigaciones fantásticas que acaban publicadas en las mejores revistas del mundo. Somos gente creativa, solidaria, trabajadora. Tal vez podamos mejorar algo en esto último, pero sin andarnos flagelando inútilmente. Creo que la creatividad se nutre del trabajo, pero también del ocio y de tener vida de calidad. Y de esto - afortunadamente - tenemos mucho en esta “tierra de conejos” que es como la bautizaron los primeros romanos que llegaron a la península.

Y… me pregunto yo. Si somos un país sin complejos, en la vanguardia del mundo. Si hemos cambiado tanto, ¿por qué yo no puedo quitarme de encima la axfisiante sensación de que de ésta Alemania, Gran Bretaña o Francia saldrán mejor que nosotros?, ¿por qué no puedo dejar de pensar que aquí se están tomando decisiones que nos van a dejar endeudados de por vida? Aquí los gobernantes han confundido siempre los incentivos económicos con las dádivas sociales. Las primeras fomentan el crecimiento; las segundas lo estancan, pero hacen ganar votos. Te doy un consejo. Es gratis. Puedes rechazarlo si quieres. Como decía mi abuelo: “arremángate muchacho…o muchacha”. Vienen tiempos difíciles.

 

Alberto Rodríguez M.

7/04/2020

No es país para belenes

Belén viviente de Alalpardo. Foto de El correo de Madrid

La política española se parece desde hace demasiado tiempo a un belén viviente de esos que se representan cada año por los pueblos de España. Personajes estereotipados con papeles bien aprendidos, convenientemente entrenados, repiten una y otra vez el mismo discurso. A nadie le sorprenden las palabras del otro, pues todos saben lo que va a decir. El guión fue escrito hace mucho y nunca ha sido revisado. El de los belenes, también el de los políticos.  Si eres de izquierdas tienes que defender lo social y a los obreros, si eres de derechas al capital y a los empresarios. Si eres muy de izquierdas o muy de derechas, tienes que exagerar un poco el papel, para que te perciban como diferente. Si eres de centro…, te jodiste, vas a tener que improvisar; en este país los del centro son actores sustitutos, solo tienen notoriedad cuando los líderes de derecha o izquierda flojean y pueden ocupar temporalmente un poco de su espacio político.

Los actores de los belenes vivientes son aficionados. Están allí por vocación, porque es una tradición que hay que mantener. Unos afanándose por hacerlo bien, otros decididos a disfrutar de la fama; casi todos muy preocupados por conservar el papel en la representación del año siguiente. Al final cada figura suelta su discurso sin mirar a los demás, solo les importa impresionar al público. Se miran de reojo, sí. Unicamente para no superponerse, para no interrumpir demasiado al otro. No siempre lo consiguen. El deseo de impresionar a la audiencia es grande. 

Ahora zagales y pastorcillas, actores secundarios, quieren revolucionar la escena. Su discurso es el mismo, pero lo recitan con habla engolada, con solemnidad fatua poco acorde con el personaje que desempeñan. Parecen querer demostrarnos que las cosas se pueden hacer mejor. Pecan de arrogancia. Tienen demasiada prisa por convertirse en María y José. Van camino de ser buey y asno. No es un belén buen refugio para pecadores. No es la soberbia pecado admisible en lo público, tampoco en un belén.

Este, hace mucho tiempo ya, no es país de belenes. Los papeles de los protagonistas han dejado de tener sentido. Aquí los obreros son empresarios. Se llaman autónomos o pequeña empresa. Hace décadas que los empresarios no esclavizan a los niños en las minas, o pagan a sus operarios con bonos de comida que solo pueden canjear en el economato de la fábrica. Todos queremos un país con los mejores servicios sociales, ¿hay alguien que a estas alturas no esté de acuerdo con que la sanidad o la educación debe ser un derecho para todos?

Ya no es una cuestión de qué sino de cómo. Estamos de acuerdo en los fines, en el objetivo a conseguir, no tanto en los medios. El matiz es importante, pero no tanto como para explicar "desacuerdos tan profundos". Es tiempo de nuevos papeles. Ahora nos jugamos mucho. No quiero en mi gobierno pacientes “sanjoseses”, ni esforzadas “marías”. No quiero pastorcillos rebeldes ansiosos de protagonismo. Me dan pánico los “reyesmagos” que vienen con su caravana de regalos dispuestos a repartir a mansalva donativos sin ningún criterio. No quiero improvisaciones. Los regalos de hoy se hacen con créditos que estaremos pagando durante generaciones. No quiero una España lastrada por la deuda, con sueldos todavía más devaluados, con profesionales que, en vez de emprender en este país, "emprenden" el camino de la emigración. Y, por encima de todas las cosas, no quiero “mesías”, me dan pánico los “salvapatrias” sean de izquierda, de derecha o de centro.

Necesitamos excelencia, no solo un buen trabajo, necesitamos excelencia. Y para ello hay que emplear a los profesionales más destacados, con libertad para tomar decisiones sin necesidad de someterse a consignas partidistas. Quiero los mejores especialistas en salud tomando decisiones sobre la enfermedad, los mejores economistas diseñando políticas que aseguren un buen futuro, los mejores especialistas en lo social creando planes de ayudas sostenibles. Discúlpame si se me ha olvidado usar el lenguaje inclusivo. Es que sencillamente - perdóname la grosería - ¡me la pela! Es obvio que da igual que sean mujeres o hombres, blancos o violetas, homo o hetero, nacidos aquí o en Beluchistán. Sólo hace falta que sean buenos, mejor que eso: ¡excelentes! No está el país para belenes.

 

Alberto Rodríguez M.

6/04/2020

Realidad distópica

Foto de Ted Drake

Familias de patos pasean por las avenidas, un jabalí juguetea en una playa, manadas de perros corretean solos por las ciudades, bandadas de pájaros se posan libremente en calles y plazas. Todo tipo de animales silvestres recorren curiosos las abandonadas calles de los pueblos. La vida sigue su curso, la naturaleza vuelve a ocupar sus espacios perdidos. La especie invasora, los que dominan el planeta hasta casi estrangularlo, están ahora encerrados en sus cuevas. Los animales, las plantas, están buscando nuevas conquistas, invadiendo nuestro terreno. La naturaleza se expande, inexorable, esperanzadora. La vida no se detiene.

Coches con luces azules bloquean las carreteras. Luces intermitentes, amenazadoras, recortándose en el paisaje vacío. Uniformados con mascarillas interrogan a los ocupantes de los vehículos. Los viajeros también llevan una protección que a duras penas oculta su angustia. La conversación es tensa: 

—No puede seguir adelante, esta carretera está cortada —dice el policía.

—«Pero yo soy libre», piensa el conductor. Pero no lo dice, solo se apresura a dar la vuelta. 

El agente mira hacia el siguiente coche. A él tampoco le gusta la situación. No es tiempo de libertades que puedan confundirse con caprichos. El bien de todos ahora está por encima de los derechos individuales. Es una idea extraña, un tanto incómoda. Pero en este momento salva vidas. Las carreteras están vacías, los pueblos se han quedado desérticos. Sólo el viento y la lluvia baten las puertas, agitando las contraventanas desencajadas de las casas abandonadas de la España vaciada. Ahora todavía más rota. Aún más vacía, casi desamparada.

La cola del supermercado es larga. Sus integrantes guardan ordenado silencio. Los vecinos de toda la vida murmuran saludos haciendo discretos gestos con la cabeza. Nadie dice nada, atentos todos al guardia de seguridad. ¿Dónde se han ido el bullicio y las risas? Ahora el otro es un portador potencial de enfermedad. Se ha extendido la paranoia. Ahora es tiempo del miedo. Y tal vez ese sentimiento nos sea útil en este momento. El temor invita a la huida, a buscar protección. Pero, ¿cómo vamos a deshacernos de él cuando todo esto haya terminado? Un joven tose. Todos contienen la respiración. Él mira hacia abajo, avergonzado. Una abuela abandona la fila. Ha cambiado de idea, la compra no urge tanto. La ciudad está vacía. Náufragos aislados arrastran presurosos las bolsas de la compra en dirección a sus hogares. Las sillas de la abandonada terraza de un bar asisten mudas a la debacle.

Foto de sherifx

Un cortejo fúnebre circula despacio por una carretera comarcal. La muerte ya no tiene prisa. Al coche funerario le sigue una pequeña caravana de deudos. El viejo cementerio del pueblo se ha vuelto a abrir para la ocasión. Dos operarios enfundados en un mono, con capucha y embozados, esperan a la comitiva. Su traje blanco les hace parecer figuras congeladas, fotos antiguas sacadas de algún reportaje de catástrofe nuclear. Cuando el coche mortuorio se detiene, los fantasmas se estiran en lento movimiento. El blanco de su uniforme contrasta con el negro riguroso de los que descienden del furgón. El cura también lleva mascarilla. Hace frío. Hoy el sol tampoco ha conseguido vencer la tiranía de las nubes. Las lápidas solitarias son paisaje y paisanaje en los cementerios. Las lápidas son el periscopio por el que miran los muertos, los olvidados difuntos de los pueblos abandonados de la vieja Castilla. El cura canturrea sus salmos. El aire juguetea con los restos de las hojas que esta primavera invernal ha conservado desde el otoño. No hay abrazos, ni condolencias. Apenas unas palabras susurradas entre largos silencios, disimuladas para no perturbar la quietud de los espíritus. No hay espacio para las lágrimas. Los familiares lloran hacia adentro, masticando estupefactos su dolor. En ese espacio irreal, fantasmagórico, el viento reza la última plegaria. Aprovechando la ráfaga, un cuervo levanta el vuelo entre las cruces. Asciende rápido buscando las nubes. La sensación de volar libre le ayuda a desprenderse de la gélida asfixia que emana de la tierra. De ocre y verde pálido se han vestido hoy los campos. Carreteras de venas grises hieren el paisaje. Como insectos pequeñitos, la caravana de la muerte retorna a la ciudad.  Un relámpago ilumina por un instante el camposanto. Un trueno lejano anuncia lluvia, El cielo rinde su homenaje a los difuntos. Abajo solo quedan los huesos. Los restos de la batalla. Descansen en paz.

Distopía es el antónimo de utopía. En el siglo XVI Tomás Moro escribió su obra más conocida en la que proponía una sociedad imaginariamente perfecta. Utopía significa etimológicamente “no-lugar”, porque - desafortunadamente -, de momento no existe tal paraíso, aunque no perdemos la esperanza. Pero, como ese no-lugar es en esencia bueno, utopía se convierte en la expresión de lo deseable, de lo perfecto para una sociedad. La distopía es el hermano oscuro de la utopía, lo opuesto a la bondad. Una sociedad distópica es indeseable, deshumanizada, gobernada por tiranos. Sí, ya se. Eso no nos es tan ajeno. El matiz es que en la distopía la sociedad que ha cambiado es la tuya.  Ya no se trata solo de no conseguir progresar hacia la utopía, el problema es regresar al caos. Libros como 1984 de George Orwell o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, series recientes como de Man in the High Castle o The Handmaid´s Tale describen sociedades así. Es tu mismo país, el mismo escenario, la misma gente; pero un mundo muy diferente, más gris, más tiránico, más cruel. Donde las libertades has sido conculcadas y los sueños se han puesto temporalmente en cuarentena.

 

Foto de Antena Mutante

Vivimos tiempos distópicos. Nuestro mundo se asemeja más de lo que nos gustaría a las paranoias delirantes que pensábamos solo podían existir en la ficción. Pero no te desanimes, el cambio es temporal y sólo afecta al exterior. La vida sigue dentro de las casas. Ahora somos un planeta de refugiados. Hemos sido expulsados de las calles, pero ocupamos animosamente nuestros hogares. Ahora el espacio público se construye digitalmente. Las plazas son videollamadas compartidas. En ellas resguardamos la alegría, continuamos conversando, preparando el retorno. Pronto volveremos a llenar las ciudades y los campos, a transitar las carreteras. Pronto volveremos a sonreír a los vecinos y a despedir con solemnidad bulliciosa a nuestros muertos. Y tal vez consigamos hacerlo sin expulsar a los patos, a los jabalíes o a las aves que han estado cuidando de nuestro mundo mientras estábamos ausentes. En la televisión un niño llora señalando a su madre la puerta de la casa. “Calle, calle” grita desconsolado. Hoy todos somos ese niño.

Alberto Rodríguez M.

4/04/2020

Permiso para intentarlo

Foto de Cindy Mc

La capacidad humana para la creatividad no tiene límites. Un tipo se disfraza de payaso para salir a gritarle sus agobios al mundo, una abuela se graba imitando a Rosalía,  los músicos tocan en las terrazas de sus casas, la gente canta penas y alegrías en los patios de vecindad. Los ingenieros construyen respiradores, las informáticas tallan utensilios médicos en impresoras 3D, las costureras hacen trajes de protección, una amiga se ha diseñado una máscara con el plástico de una garrafa. La vida sigue. La vida tiene que seguir. Medio oculta en los salones de las casas, afanándose en los sótanos de las empresas. Todo el mundo busca soluciones. Algo grande, algo pequeño, algo ingenioso, cualquier cosa para hacer la lucha un poco más llevadera, más soportable. La vida tiene que seguir. La vida, sí. La existencia que no siempre valoramos, que dejamos pasar como el que se pone una película y se queda dormido. Mientras las escenas siguen adelante. Distantes, ajenas. En blanco y negro.

En los hospitales la gente sigue luchando. Los pulmones tienen que seguir respirando, los corazones deben seguir latiendo. Hay que mantener la VIDA a toda costa. No se hacen distinciones. No hay concesiones. Cada una es importante. En esta guerra las trincheras son los cuerpos. Se pelea cada ojo, cada brazo, cada pelo. Tú solo tienes que aguantar un poquito más, tratar de volver a introducir otra bocanada de aire. Mastica un poquito más tu miedo, tolera otro rato de dolor.  Si tu sigues intentándolo una mano amiga te ayudará con una medicina, con un respirador, con un gesto de consuelo. Cualquier arma es buena. En esta guerra..., las trincheras son los cuerpos.

Es ésta una batalla antigua. Lleva peleándose desde siempre. Los ejércitos son microscópicos. En un bando están los virus, las bacterias, pequeños microorganismos que están desde siempre en el planeta, que son una parte más de él. Los soldados del otro bando son los glóbulos blancos, el inmaculado ejército del sistema inmunitario. Los enemigos se conocen bien. Llevan en pugna desde el principio de los tiempos, en una frenética carrera por ser más poderosos que el otro, por adaptarse mejor a las mutaciones del contrario. No quiero ni pensar que este nuevo enemigo haya salido de un laboratorio humano, que los virus tengan ahora como aliada a la inmensa estupidez que caracteriza a algunos gobernantes.

Foto de Thomas Bresson

La batalla inmunitaria es silenciosa, nos es ajena, nosotros solo experimentamos sus consecuencias. Pero hay otra guerra de la que sí somos protagonistas, la batalla de la resiliencia. Mientras nuestros organismos se desarrollaban para ser más resistentes a la amenaza microscópica, nuestros cerebros progresaban para hacernos más resistentes a las condiciones del planeta. Peleábamos con las otras criaturas de la naturaleza y con la dureza del terreno. A veces la supervivencia era selectiva, para salir adelante había que dominar o incluso matar otros congéneres. Llevamos siglos conviviendo con la violencia, con la crueldad, con la desgracia. La lucha nos hizo duros, nos enseño a soportar hambre, sed, frío y calor; pero también dolor y tristeza, pérdidas y frustraciones. Para sobreponernos a la adversidad aprendimos a ser creativos y persistentes, a no rendirnos con facilidad. Así, a la par que nuestro sistema inmunológico se perfeccionaba para vencer a las enfermedades, nuestro cerebro emocional aprendía a afrontar calamidades, a sostenerse ante a la adversidad. A eso le llamamos resiliencia, una palabra sonora porque representa un concepto grande, es nuestro sistema inmunitario para las emociones, para la resistencia psicológica.

Tal vez por eso, mientras nuestros glóbulos blancos luchan, cantamos a nuestros vecinos o imprimimos respiradores, repartimos medicinas y derrochamos consuelo. Nos apoyamos los unos en los otros. Como un enorme castillo de naipes que se sostiene por la fusión de sus piezas. Somos resilientes. Y ahora vale todo. Cada uno contribuye como puede. El gobierno imaginario del mundo ha promulgado un decreto universal. El derecho a ser creativos. No importa lo que hagas. Se agradece la intención. Hay permiso para intentarlo.

 

Alberto Rodríguez M.

3/04/2020

Monos y pantallas

Foto de Víctor Bautista

Somos monos. Monos muy perfeccionados. Pero monos, al fin y al cabo. Aprendimos a vivir en un planeta que nos lo ofrecía todo, pero no regalaba nada. Nuestros cerebros han sido fraguados por miles de años de lucha, de trabajo para adaptarse a un contexto tan generoso como hostil. Solo los más inteligentes, los más fuertes, los más laboriosos, los más versátiles y los más sociables, sobrevivieron. Y durante ese proceso nuestros cerebros se fueron transformando, sin grandes saltos, con una lentitud exasperante. Pero con un resultado espectacular: el homo sapiens. Por el camino otras especies de homínidos se extinguieron, sin que tengamos claro por qué. Tal vez por su menor capacidad de adaptarse a los cambios, o quizás solo por azar, por mala suerte filogenética.

Los sapiens siguieron adelante en comunión con el planeta, al menos en sus comienzos. Durante miles de años hemos vivido en contacto con la naturaleza. Apegados a la tierra. Dejando que ésta nos marque sus ritmos. Levantándonos y acostándonos con el sol. Comiendo los productos que el terreno nos daba primero, aprendiendo a cultivar después. Pero siempre sometidos a las temporadas de lluvia, sol, viento, frio o calor; sometidos a las imposiciones de un planeta que seguía ofreciéndonos todo, pero sin regalar nada. Así que más nos valía seguir siendo rápidos y fuertes, trabajadores, inteligentes, dotados para la colaboración.

Por el camino fuimos creando una cultura, todo un bagaje de conocimientos y costumbres, de hábitos y normas. Al principio pasaban  de una generación a otra de boca en boca en forma de cuentos con moraleja ética, o de leyendas sobre héroes a los que había que imitar. Luego empezamos a escribir para que nada se olvidara. Para hacer perdurar nuestra sabiduría, pero tambén para imponer formas de actuación y para beneficiar y dar poder a determinadas ideas y clases sociales. Noah Harari en su célebre libro Sapiens defiende que la cultura es una ficción compartida, una ficción tan poderosa que durante cientos de años ha conseguido que las personas se aferren a ella para sentirse parte de un grupo. Así que en nombre de la cultura dominante en cada momento se han conseguido grandes logros, pero también se han perpetrado terribles maldades. Nuestra historia es cruel.

En evolución, la cultura moderna se fue humanizando; esto es, fue teniendo en cuenta valores positivos universalmente aceptados sobre los derechos que cada individuo debía poder disfrutar simplemente por pertenecer a la especie humana. La teoría está clara, en la práctica estamos todavía bastante lejos de conseguir mínimos aceptables en una buena parte del mundo. Pero al menos ya no necesitabas ser el (la) más fuerte para sobrevivir, porque todo un sistema cultural y judicial nos protege de los excesos de los violentos. Aún así, las personas más competentes y trabajadoras siguen teniendo - afortunadamente - más posibilidades, ya no de supervivencia, sí de éxito, sea este lo que sea. Así que el planeta, aparentemente, evolucionaba hacia un futuro mejor.

Luego llegaron las pantallas. Al principio se colaron tímidamente en nuestros salones, televisiones las llamaban. Eran - las pantallas - pequeñas todavía, y tenían formas raras. Y apenas se podía ver lo que dentro de ellas ocurría. Transmitían programas en blanco y negro, pocos y tirando a aburridos. Así que tampoco cambiaron mucho la vida de la gente. Los sapiens seguían saliendo a encontrarse con otras personas y los niños jugaban en la calle, y los antiguos monos continuaban, más o menos, en contacto con la naturaleza. 

Con el tiempo, insidiosamente, las pantallas fueron agrandándose y se hicieron dueñas de los salones de las casas. Y más tarde se propagaron a dormitorios y cocinas, y ya no quedó ningún espacio que no pudieran vigilar. Además, se hicieron más atractivas, se llenaron de colores y empezaron a ofrecer programas que competían exitosamente con la realidad. Si al principio pudieron ser un elemento para difundir cultura, en forma de documentales y buenas películas, pronto se convirtieron en todo lo contrario. Las pantallas se envalentonaron y empezaron a decidir lo que era cultura y se llenaron de personajes mediocres que exponían sin remilgos sus vidas anodinas entre gritos y ataques de histeria. Y las personas dejaron poco a poco de mirar fuera y comenzaron una lenta, pero inexorable, desconexión con el exterior.

Foto de Artur Rydzewski

Luego ocurrió algo inesperado, las pantallas se cansaron de esperarnos en casa y decidieron que el siguiente paso era moverse con nosotros. Así que nos asaltaron, fagocitaron nuestros teléfonos y los convirtieron en otra pantalla. Y se crearon tabletas y ordenadores portátiles para que, sin importar dónde estemos, podamos asomarnos a ellas. Este fue el golpe definitivo. Sin saber cómo ni porqué los sapiens fueron decidiendo que la vida que mostraban las pantallas era más interesante que la que sucedía fuera. Y las propias personas empezaron a usar los aparatos para crear vidas falsas que mostrar a los demás a través de las redes. Se dedicaron a intercambiar mensajes compulsivamente y a pasar horas y horas esperando a que otro conteste, y más horas todavía analizando qué quiso decir con su respuesta. A ver videos que, con frecuencia, reflejan índices de estupidez humana nunca antes alcanzados. Empezaron a preguntarle a la pantalla que tiempo hacía fuera, en vez de mirar por la ventana para comprobarlo. Y la gente empezó a tener más sexo a través de las pantallas que con sus parejas. Y los niños aprendieron que eran más divertidos los videojuegos que salir a darle patadas a las latas y a correr, y a acusarse unos a otros de estar enamorados de Nacho o de Margarita.

Así que el homo sapiens que dominó el planeta aprendiendo a adaptarse a las condiciones cambiantes, a las estaciones, o a las catástrofes. Ese mono evolucionado que vivía siguiendo los designios del sol y la luna, del viento y la lluvia, en contacto siempre con la naturaleza. Ese pobre mono que por un momento se creyó dios, ahora vive esclavo de mil pantallas. Vive tan conectado a las imágenes de un aparato, que se desconectó del exterior y no es capaz de escuchar los quejidos de un planeta que agoniza. El mismo planeta que le ayudó a crecer, que propició que su cuerpo y su cerebro evolucionaran. Vivimos. Todos. O mejor, sobrevivimos todos, tan conectados a las pantallas que hemos dejado de pasar tiempo con otros seres humanos y, lo que es todavía peor, hemos dejado de pasar tiempo con nosotros mismos. A la gente le aterroriza tanto pasar un segundo a solas que saca mil veces al día su pantalla para estar entretenida, anestesiada.

Escribo esto en una pantalla. Tú lo lees en otra. A lo mejor ya se ha producido un nuevo salto en la evolución y ahora somos el homo sapiens pantalliciensis. A lo mejor ya somos el homo stultus.

 

Alberto Rodríguez M.

31/03/2020

 

 

Orden y caos

Foto de manuel m. v.

Me tranquiliza pensar que este viejo planeta tienen millones de años de existencia y ha salido adelante con nosotros y sin nosotros, y - últimamente - a pesar de nosotros. Que ha sido fuego y pantano; a veces una bola de gas incompatible con la vida, otras un vergel en el que se desarrollan las especies animales y vegetales más increíbles.

Los cambios son inherentes a la vida y al desarrollo. Se rigen por fuerzas poderosas aunque intangibles. La segunda ley de la termodinámica define la entropía - en griego “transformación” - como la tendencia al desorden inherente a todo sistema. La palabra técnica para el concepto opuesto, el que representa el orden, es entalpía. Y los físicos dicen que entropía y entalpía son inversamente proporcionales; esto es, en el punto máximo de entalpía tendremos la mínima entropía, y viceversa. En definitiva que orden y desorden combaten una batalla ancestral en nuestro mundo desde los orígenes del universo. Condenadas a pelear por mantener su influencia, pero anhelando el deseado equilibrio que les permita convivir en paz.

Yo no se en qué momento está nuestra planeta en lo que a esta lucha respecta. Es confuso de establecer. Tenemos un virus desbocado, y un desorden total en lo social y económico; y como contrapartida la población nunca había estado tan ordenadamente enclaustrada en sus hogares.

Para entender la situación a la que hemos llegado el modelo más pertinente es la Teoría del Caos. No, no es algo peyorativo, ni una forma de crítica encubierta a políticos y gobernantes - que bien podría ser -, es una teoría de la física que recibe ese nombre. Explicado técnicamente vendría a decir que el resultado final de algo difícilmente se explica por las condiciones iniciales que lo crearon, porque un montón de pequeñas variables influenciarán determinantemente su desarrollo. Con un ejemplo quedará más claro.

 

 

La crisis actual empieza cuando un oriental residente en una remota, aunque enorme, ciudad china se comió un pangolín. Más allá de lo cuestionable que pueda parecer ingerir un animal con tan simpático nombre, el hecho en sí debería haber resultado absolutamente intrascendente para el resto de los habitantes del planeta Tierra. Y aquí es donde entra en juego otrode los fenómenos que gobiernan un sistema caótico: el Efecto Mariposa. Un hecho pequeño que de entrada es insignificante empieza a transformarse poco a poco por la contribución de un montón de variables diferentes. Seguramente alguna vez has tratado de seguir en coche a alguien que trataba de ayudarte a llegar a un sitio concreto. La tarea parece fácil hasta que otro conductor decide colocarse entre tu coche y el suyo, lo que hace que tu amiga atraviese el siguiente semáforo y a ti se te ponga en rojo. Y a partir de ahí cada pequeño cambio produce nuevas desviaciones, una tras otra, que hace que al final llegues media hora más tarde que tu guía.

El Efecto Pangolín - perdón quise decir Mariposa - está funcionando igual. Un ciudadano hambriento se come un animal salvaje que porta un virus con capacidad de mutarse y usar como huéspedes células humanas. Esto ocurre en un mercado que está en el centro de una populosa orbe asiática. Que por ende pertenece a un país poco proclive a informar sobre sus miserias y que ocultó mientras pudo la crisis. País que, además, tiene cientos de miles de habitantes emigrados a naciones de casi todo el mundo, que hacen viajes de ida y vuelta a su patria. Y que, además, fabrica muchos los productos que se consumen en el resto del planeta, por lo que está siendo constantemente visitado por empresarios y comerciales de otras naciones. Así que emigrantes y comerciantes que van a China se vuelven a sus respectivos países de residencia, unos con regalos y otros con catálogos de muestras. Algunos con un pasajero silencioso oculto en sus maletas, cuando no en sus pulmones. Las características del pasajero - el virus - también juegan un papel importante en este cuento. Es tímido, no siempre da la cara, pero tremendamente pegajoso, se contagia más y más rápido que sus parientes anteriores.

Foto de Andrew Rose

Pero sigamos con el efecto. Algunos de esos viajeros provenientes del lejano oriente recabaron en Italia, no sabemos porque´. Tal vez porque aquel país tiene relaciones ancestrales con oriente desde la época de Marco Polo. Los italianos, como el resto de los latinos, son amantes del contacto social y los abrazos. Así que nuestro enemigo el virus se pone las botas porque ha descubierto una población que se lo pone fácil. Siguiente salto. Italia y España son dos países en contacto permanente. Muchos nacionales viven en el país de la bota, muchos transalpinos tienen negocios en España. Además, ambos países intercambian estudiantes universitarios a través de la becas Erasmus. Y, por si fuera poco, coincide con la semana blanca en la que tradicionalmente muchas familias españolas hacen una pequeña escapada turística. Algunas a Italia. El remate: gobernante indecisos que tienen que elegir entre salvar vidas y sostener la economía. Que no se toman en serio el peligro de la pandemia (Boris Johnson, Bolsonaro y Trump: ¡Zás en toda la boca!, que diría el amigo Sheldon). Y luego, la consabida y esperada lucha de egos e intereses: que si estoy contigo, pero… vas tarde; que si ya te dije que lo mejor era…; que si…la abuela fuma. ¡Todo un inesperado, increíble, terrible y letal Efecto Pangolín

Y el resultado: que tú y yo estamos en casa encerrados. Yo escribiendo esto. Tu leyéndolo. Ambos mirando de vez en cuando la calle vacía. Rezando cada uno a sus dioses - al cristiano, musulmán, budista, judío, o a la diosa ciencia - para que vuelva a ocurrir otra nueva pequeña desviación en el sistema y que esta vez el caos se transforme en orden. Mejor en un nuevo orden en el que las vacunas prevengan las virus y los tratamientos sanen a los enfermos. Un nuevo orden en el que los gobernantes elijan a las personas y no a la economía, y los políticos pongan a los ciudadanos por encima de sus intereses electorales. Un nuevo orden.

¿Tu te lo crees? Ya. No hace falta que respondas. Soñar es gratis, ¿verdad?, y en general no hace daño a nadie. Ten fe en el planeta. Recuerda que esta lucha entre orden y desorden dura ya millones de años. Este es sólo un instante mínimo, un suspiro en la vida de este viejo planeta sabio. Volveremos pronto al equilibrio inverso: el orden en lo sanitario, social y económico; y el desorden y el bullicio retornará a las calles, volverán los paseos y los bares, los reencuentros con abrazos y risas. Y durante un tiempo los disfrutaremos especialmente porque, al perderlos, habremos aprendido a valorarlos. Luego, desgraciadamente, lo olvidaremos. Y el planeta seguirá en solitario su constante búsqueda de equilibrio.

Alberto Rodríguez M.

28/03/2020

 

Vulnerabilidad

Foto de isumelzo

Desde finales del siglo XIX hasta los 70 del siglo XX los humanos vivimos una época de esplendor tecnológico que nos hacía sentirnos ufanos de nuestros descubrimientos. Ese monito que evolucionando llego a convertirse en homo sapiens, había sobrevivido durante miles de años con muchas dificultades en el ambiente hostil del planeta tierra. Los cambios comienzan en el siglo XVII, el siglo de las luces, nuestra cultura da un salto de calidad al desprenderse de las ideas teocentristas. Hasta ese momento todo se entendía como el “plan de dios”. Las enfermedades, las catástrofes, incluso las guerras eran expresión de la voluntad divina. Los filósofos ilustrados devuelven el poder a la razón y hacen que los hombres empiecen a preguntarse el porqué de las cosas. Y, lo que es todavía mejor, que empecemos a pensar en una metodología que nos permita responder con la mayor objetividad posible a las preguntas que nos hacemos. Así nace el método científico.

Una de las grandes creaciones de la humanidad es este sistema - el método científico - que nos permite plantearnos preguntas, y diseñar metodologías aceptadas por todos para buscar respuestas. Está forma de trabajar nos trajo un gran progreso durante gran parte del siglo XX. Época de grandes avances científicos. Liberados de la coraza teológica y espoleados por la necesidad de avances tecnológicos que imponían las guerras mundiales, los humanos nos lanzamos a la carrera de los descubrimientos. Construimos máquinas que nos transportan a cualquier lugar, incluso a la luna. Descubrimos vacunas para enfermedades como la tuberculosis que habían asolado el planeta sistemáticamente. El homo sapiens estaba pletórico. Convencido de que con su ciencia era capaz de desentrañar todos los secretos del universo. A finales del siglo XX llega el momento de la decepción, de asumir que algunas cosas escapan a nuestro conocimiento, que es imposible tener el dominio de todo. Seguimos sin curar el cáncer y aparece el SIDA, y a pesar de todos nuestros avances tenemos un planeta cada vez más contaminado e insolidario. Donde unos pocos consumen los recursos que deberían ser disfrutados por todos.  Hemos creado instituciones planetarias como la ONU que a pesar de su poder no consiguen evitar que el planeta siga consumiéndose en guerras pequeñas y grandes. Decepción.

Foto de Ralph Foreman

El siglo XXI empezó con otra perspectiva, con una cada vez mayor conciencia ecológica. La gente presionando cada vez más a los políticos para que asuman que el plantea está en riesgo. La crisis sanitaria actual es el remate. Un mazazo tremendo. La conciencia definitiva de cuán vulnerables somos. Un salto de gigante para nuestra creciente y amarga cabalgata hacia la decepción.

Me decía ayer una amiga que el sentimiento que más le pesa es el de fragilidad. De que todo lo que ha conseguido con esfuerzo y trabajo se está viniendo abajo. Es un sentimiento de incredulidad, de cómo algo aparentemente tan pequeño puede tener un impacto tan negativo en su vida, en su trabajo, en su familia. De repente todos nos sentimos vulnerables. Todos podemos caer enfermos y morir. Nuestros empleos, nuestras empresas e instituciones están en riesgo. Tememos por nosotros y por nuestros amigos y familiares. Pero también por la sociedad en la que vivimos. Porque al final lo que todo esto evidencia es un enorme fracaso social. Pone al desnudo nuestros sistemas sanitarios, económicos, sociales. Ninguno estaba preparado para una crisis de esta magnitud. Ahora, de repente, nos hemos hecho conscientes de nuestra extrema vulnerabilidad.

Pero el método científico sigue en marcha. Decenas de laboratorios buscan una vacuna y un tratamiento. Tal vez más espoleados por el beneficio económico que de ello se pueda derivar que por el afán de ayudar. Da igual. No podemos olvidar que vivimos en una sociedad de consumo. En cualquier caso los científicos - e investigadoras - son nuestra esperanza. Sentirse vulnerable no es malo. Incluso pude convertirse en una fortaleza si lo sabemos usar como palanca del cambio. ¡Ojalá consigamos aprender algo con todo esto!

Fuera, continua lloviendo. Se que es irracional pero me gusta imaginar que la lluvia limpia y purifica el ambiente. Sigo creyendo que la fortaleza del planeta nos ayudará a salir adelante. 

Alberto Rodríguez M.

23/03/2020

 

Saboreando

Foto de Eric Huybrechts

Ahora todos tenemos más tiempo. Aunque no siempre tenemos claro en qué utilizarlo, porque a veces el día se desordena y tienes la sensación de que has hecho pocas cosas productivas. La vivencia del tiempo es relativa. Los griegos tenían dos palabras para referirse al tiempo: cronos y kairós. La primera hace referencia al tiempo objetivo cuyo paso inexorable miden las agujas de un reloj. Kairós es el tiempo psicológico, su significado literal es “momento oportuno”. Y hace referencia a la vivencia subjetiva del paso del tiempo: a veces un minuto se hace eterno, otras un día pasa con demasiada rapidez.

Cronos y kairós se disputan ahora nuestras vivencias durante el encierro. Hay días que parece que nunca acaban, hay ratitos - generalmente los más agradables - que parecen tener prisa en abandonarnos. Todo ha cambiado. También el valor del tiempo.

He estado tratando de recuperar el valor de las cosas sencillas. Tratando de alargar los momentos de disfrute. Saborear es la palabra. Saborear es estirar el goce de los sentidos. Paladear con detenimiento los matices de una buena comida; detenerse en el placer de mirar un cuadro en una visita virtual a un museo; sumergirse con todos los sentidos en la sinfonía de colores de los atardeceres mediterráneos; escuchar con atención la música sin hacer nada más, sin esperar nada, dejando que la melodía te lleve a un viaje sorpresa de sensaciones; entretenerse en una caricia, en un abrazo, aunque sea pequeño y huidizo. Disfrutar con entusiasmo la vida, el momento, lo que tengo. Sin agobiarme por lo perdido. Saborear es lo contrario de añorar o desear. Es focalizarse en el presente y suspender los anhelos. Es bloquear temporalmente la fantasía para hacer algo tan revolucionario como - simplemente - estar. Saborear es hacer que tu mente esté en lo que estás haciendo, disfrutar lo peculiar e irrepetible de cada momento. En mi caso es sacar lo bueno de lo malo. Yo soy esclavo del dios Cronos. Vivo con prisa. Hacía tiempo le debía un tributo a Kairós. Se lo pago saboreando. No se si el dios se sentirá satisfecho con mi ofrenda. Al menos yo disfruto ofreciéndosela.

El exterior se cubre de sombras. El número de muertos se dispara, los servicios se colapsan. La gente empieza a sentir la tensión. Viene lo más duro, dicen. Se refieren a que pronto todos tendremos algún conocido enfermo, tal vez alguno de nosotros llegue pronto a estarlo. Viene lo más duro. No te olvides de seguir rezando a Kairós para que te conceda buenos momentos.

Alberto Rodríguez M.

23/03/2020

 

Reseteo social

Foto de Kevin Gill

Es un gesto común para todos los que manejan dispositivos electrónicos. Si el aparato no está funcionando bien, apágalo y vuelve a encenderlo. Era obvio que el planeta estaba lejos de funcionar adecuadamente. Y no me digan que no es un gigantesco reseteo que millones de personas de todo el mundo vayan a estar encerradas durante semanas en sus casas. Es un apagón sin precedentes. Las industrias, las escuelas, el comercio, el ocio, todo bloqueado. ¿Y cómo será el reinicio?, ¿y si esta crisis nos sirve para reflexionar sobre eso?, ¿y si hacemos bueno el lema “crisis igual a oportunidad” y salimos reforzados de ésta?

No soy nada proclive al catastrofismo, pero sí me parece obvio que estamos maltratando excesivamente al planeta. Sin entrar en descripciones innecesarias, porque ya pasó el momento de los argumentos para convencer a los más escépticos y están ciegos los que no quieran verlo, hay que apostar decididamente por un estilo de vida más ecológico. 

Las personas necesitamos entender las razones por las que las cosas suceden. Es otro de las imposiciones de nuestro “cerebro de supervivientes”. Entender algo es aprender cómo funciona y eso nos permite estar preparados para dar una respuesta adecuada la siguiente vez que algo parecido vuelva a ocurrir. Así que no es extraño que mucha gente esté buscando el porqué de esta crisis sanitaria. Los hay que buscan argumentos de homeostasis planetaria.  Resumidamente: nuestros ecosistema ha entrado en crisis y la pandemia es un intento desesperado del planeta por auto-regenerarse y recuperar el equilibrio. Por estética que pueda parecer, ésta no es más que una hipótesis imposible de demostrar. así que cada uno le dé la credibilidad que quiera. Al menos sirve para darle un significado positivo a la pandemia. Nos lleva a la reflexión para tratar de sacar algún aprendizaje. ¡Ojalá sirviera para que nos replanteáramos muchas cosas de nuestro estilo de vida! Si hemos colaborado a deteriorar el planeta ahora toca ser agente activo en su proceso de regeneración.

No. No soy muy optimista al respecto. Le preguntaba ayer a un amigo economista si él lo era sobre la recuperación económica post-crisis médica. Me decía que sí, que la gente olvida rápido y vuelve a sus anteriores costumbres. Y creo que tiene razón. Y ello es motivo de alegría pero también de preocupación. Creo que volveremos rápidamente a nuestro estilo de vida pasado. Volveremos, desgraciadamente, a consumir en exceso, a contaminar y a esquilmar recursos. Volveremos a nuestro equilibrio social anterior. Ahí estriba la clave del problema: la sociedad de consumo que hemos creado no se adapta a los recursos que nuestro planeta tiene. El equilibrio social y el equilibrio ecológico no van de la mano, no encajan.

La gente sigue aplaudiendo a los sanitarios, con toda la razón y merecimiento. Lo mismo ocurre con el ejercito o la policia. Se nos olvida también reconocer a las personas que trabajan en farmacias, en comercios de alimentación o los transportistas. Ellos - ellas - tienen un valor añadido: lo suyo no es tan vocacional, están porque tienen que estar, porque es su trabajo. Otra cosa que vamos a sacar de esta crisis es recordar el valor del agradecimiento. En la sociedad de mercado en la que vivimos todo es entendido como un servicio que se puede comprar. Así que todo el mundo se creía con el derecho a reclamar airadamente a los profesionales de lo público. Lo hacen los que pagan sus impuestos, pero también los que no los pagan. Por esta extraña concepción que tiene la gente de que los servicios sanitarios, sociales o policiales están para servirles a ellos.  No importa que no contribuyan a financiarlos, ni respeten a sus profesionales. Ahora todo ha cambiado. Los profesionales que contienen la crisis sanitaria no sólo ponen a disposición su trabajo, también arriesgan su salud y, en último extremo: su vida. El heroísmo no se paga con dinero, el altruismo no se puede remunerar. Solo sirve agradecerlo, con contundencia, desde la emoción que se agarra en el pecho mientras aplaudes. Los aplausos vuelan entre los edificios y atraviesan los muros. Son un suspiro de energía para los enfermos y sus cuidadores. Para que cada uno siga sosteniendo su compuerta y así evitar que el barco se hunda.

Alberto Rodríguez M.

22/03/2020

 

¡Todo ha cambiado!

¡TODO HA CAMBIADO!

Hay un cuento clásico norteamericano que narra la historia de Rip Van Winkle un colono norteamericano que, tras encontrarse con unos extraños personajes del bosque y aceptar su bebida, durmió durante veinte años. El problema surge cuando al volver a su pueblo descubre que todo su mundo ha cambiado.

Sólo ha pasado una semana desde la última entrada. Y me siento como el personaje de Washington Irving: sorprendido de cómo ha cambiado el mundo en poco tiempo. El viernes aún salíamos a trabajar o pasear; hoy la policía patrulla las casi desiertas calles del país. Se ha hecho bueno de nuevo el desgastado tópico: sólo la realidad puede superar a la ficción. 

Ha sido un tiempo de trabajo, de tratar que las cosas tengan el menor impacto posible en mis diferentes ámbitos laborales. El éxito ha sido relativo. No me quejo. Al menos me ha servido para aprender a usar tres plataformas diferentes de comunicación, a hacer clases online, a comunicarme con la gente a través de pantallas. ¡Yo que llevaba meses en una campaña total de disminuir el tiempo que paso delante de dispositivos! Una cosa sí he descubierto: los que mejor sobreviven al “gran caos” son los frikis de la tecnología, no los fornidos luchadores de las películas. Llámalo justicia poética.

La vida ahora parece un experimento curioso. Todos obligados a convivir con los nuestros y a recordar con nostalgia (no exenta de recelo) a los demás seres vivos con los que compartimos el planeta. De repente las pequeñas cosas empiezan a tener un valor diferente. Ir al trabajo, de paseo o de compras. Entrar a tomar un café en un bar o conducir de noche por la carretera de vuelta a casa. Los pequeños gestos de cada día que - de tan automatizados - parecían casi aburridos. Y que ahora añoramos por perdidos. O por temporalmente perdidos. No seamos dramáticos. Así funciona el cerebro. Tendemos a desear más lo prohibido. Nos gusta pensar que en el pasado las cosas eran mejores. Una gran oportunidad para valorar lo que teníamos.

A mi me gusta entender el cerebro como una máquina. Un extraordinario haz de tejidos que trabajan juntos para hacer que experimentemos un sentido de identidad. Nuestra mente psicológica. Somos cerebro y mente. Biología y psicología. El diseño de nuestra mente responde a un organizador fundamental: sobrevivir. Y para conseguir hacerlo es esencial automatizar acciones. Nuestra capacidad de procesamiento es limitada, así que cuantas más cosas somos capaces de hacer automáticamente, más espacio para vivir, reflexionar o tomar decisiones nos queda. De esta forma somos capaces de realizar un montón de complejos movimientos que nos permiten dirigir un coche, al mismo tiempo que miramos adelante y atrás, y tratamos de prever qué rayos va a hacer el errático conductor que circula en el carril de al lado. ¡Cuántas de esas pequeñas cosas automatizadas se han visto de repente paralizadas! Todas nuestras rutinas se han puesto en evidencia. Para bien o para mal. La pausa permite valorarlas, analizarlas. Nuestro estilo de vida está temporalmente pasando la ITV. ¡Que buena oportunidad para replantearse las cosas! ¿Y si hacemos algo distinto cuando salgamos ahí fuera?

Seguro que alguno -alguna- ya ha pensado que todo eso también tiene su dimensión social. ¿No se puede entender todo lo que está ocurriendo como un gran reseteo social? Pero, ese es mucho tema para un sábado de lluvia. Tal vez otro día pueda reflexionar sobre ello.

Alberto Rodríguez M.

21/03/2020

 

Jueves 12 de Marzo

RESPONSABILIDAD

Escribo solo para reflexionar en voz alta, que es mucho mejor que las conversaciones silenciosas que puedo tener conmigo mismo. Sin un objetivo a priori, más allá de contar lo que veo. Y tal vez aprovechar el tiempo para hacer algo que no había hecho antes y siempre me había apetecido. Las situaciones difíciles nos ponen a prueba, cada uno las gestiona como va pudiendo. Yo he decidido hacerlo así.

Hoy ha sido el día de enfrentarse a la cruda realidad. He dado cuatro horas de clase con bastante asistencia del alumnado. Más de la mitad. Pregunté a los estudiantes por qué habían venido. “Por obligación” fue la respuesta más común. Lo mismo me pasaba a mí. Todos estábamos compungidos. Conscientes de que era absurdo estar allí. Esperando a que alguna autoridad decretara el cierre de las aulas. Es curiosa la cesión de responsabilidad: los estudiantes pensaban que tenían que decidir los profesores, nosotros mirábamos a las autoridades académicas, que a su vez esperaban una decisión política. Tuvimos una conversación chula en clase. Yo explicaba terapia existencial que da para mucho en el tema de la responsabilidad y los valores. Los estudiantes decidieron cortar las clases.

El campus está sucio. Llevamos con una huelga de limpieza más de dos semanas. El caldo de cultivo perfecto para la expansión de un virus que se caracteriza por la rapidez del contagio. Escucho esta mañana al portavoz de los huelguista diciendo que ellos luchan por sus familias, que cada uno tiene que mirar por lo suyo. Me parece despreciable. En momentos como los que estamos viviendo “lo de todos” tiene que estar por encima de los intereses de un colectivo. No quiero a esa gente de vuelta en la facultad cuando todo termine. Estoy seguro que tiene muchas razones para solicitar mejoras. Me hubiera gustado que me las explicaran. En vez de eso atascaron los baños y ensuciaron todo. Han puesto en peligro la salud de un colectivo de 40.000 personas. Espero que algún día paguen por ello. Han defraudado la confianza de toda la comunidad universitaria. Cada uno debe hacer su trabajo. Más si la situación es complicada

A las pocas horas el decanato y el rectorado anunciaron la decisión de cerrar la universidad. De nuevo la gente, desde la absoluta coherencia, tuvo que decidir. Porque los políticos se atascaron analizando prioridades. Entiendo - cómo no voy a hacerlo - que la decisión era difícil.

Viernes 13 de Marzo

TENSIÓN

Hoy ha sido el primer día de tensión en la calle. Este pueblo alegre, que se las arregla para hacer bromas con todo, estaba serio. La gente ha invadido los supermercados, comprando como si no hubiera un mañana. Hemos arrasado con el papel higiénico, los botes de fabada y las judías en lata. 

También yo he ido a la compra. Había colas en las carnicerías. Delante de mí, un hombre ha comprado ocho pollos. He presenciado con curiosidad la habilidad con la que el carnicero los troceaba. En otro momento eso me hubiera desesperado. Vivo siempre con prisa. Así que ahora que la vida se ralentiza he tratado de disfrutar de los peculiar del momento. Llevado por la euforia compradora yo he comprado ocho pechugas de pollo. Tal vez porque no quería defraudar las expectativas del carnicero. Estoy seguro que ha hecho el mejor día de caja de su vida.

A la salida, en un paso de peatones, dos abuelas charlaban:

-Dicen que hay comida de sobra, que el problema es que no les da tiempo a colocarla en los estantes- se lamentaba una, con poca convicción. En su bolsa había apenas un par de productos.

-Eso dicen- respondió su amiga, evidentemente asustada. Su bolsa de lona está vacía. La compra no le ha ido bien.

Un tipo grande y gordo pasa a nuestro lado con un carrito de supermercado repleto de comida. Está claro que ha decidido “tomarlo prestado” para no tener que cargar la compra hasta su casa. Ahora el que se asusta soy yo. 

Y es que el miedo se contagia más rápido que el virus, ¡y mira que éste parece supersónico! El problema es que las personas no tenemos protocolos personales para gestionar este tipo de crisis. Y las normas de comportamiento las extraemos de las decenas de películas de catástrofes que todos hemos visto. ¡No puede haber modelo peor! En ellas la histeria colectiva se salva porque un puñado de héroes es capaz de encauzar las cosas. Esto no va de heroísmos. Va de que cada uno haga su trabajo. A algunos y algunas - sanitarios, policías, farmacéuticos, empleados de supermercados o de banca - les tocará hacerlo cara al público. Otros deberán tele-trabajar desde sus casas, o seguir acudiendo con precaución a sus puestos de trabajo. Los demás simplemente tendrán que esperar a que todo pase con la única responsabilidad de aislarse, lavarse las manos y cuidar lo mejor posible de sí mismos y de los suyos.

Lo importante es que la vida - y la economía - no se detenga, porque cuanto más grande sea el parón más difícil será ponerse en marcha de nuevo cuando llegue el momento. Así que nos toca mantenernos activos. Una cualidad que nos caracteriza es la creatividad - se está viendo en la cantidad de ingeniosos memes que están circulando -; así que toca ponerse creativos para que cada uno siga adelante con lo suyo. Lo mejor posible.

Un motivo por fin para la esperanza. Los italianos cantando desde sus casas. Saliendo a las terrazas para cantar opera o  tararear su himno nacional. ¡Bravísimo!

Sábado 14 de Marzo

Foto de Iñaki Pérez

PARÓN PSÍQUICO

He visto en las noticias una imagen de personas en China quitándose las mascarillas. Me ha producido una sensación contradictoria. Suena bien que hayan ganado su batalla contra la enfermedad. Pero el resto del mundo está paralizado y en crisis por un asunto que ellos empezaron. Tengo que confesar que más que esperanza he sentido rabia. Ellos dan casi por zanjado el problema. Ahora su virus es el nuestro. Para nosotros no va a ser tan fácil. Y me planteo yo que el resto del planeta tendrá que reclamarles que de ahora en adelante cambien sus controles sanitarios. 

También ha aparecido Trump en la televisión. Me imagino la vergüenza que deben sentir los americanos sensatos teniendo como presidente a este personaje de cara acartonada y tupé inverosímil. Primero decía que no era nada y que se pasaría con el buen tiempo. Luego decidió que era un problema del exterior y que había que cerrar fronteras. Mientras, preguntaba curioso si el virus se podría combatir con la vacuna de la gripe. Ahora parece que se lo toma en serio y se han puesto en marcha para tomar medidas. Esta vez no va a ser tan fácil vaquero. No puedes mandar a los marines a matar a nadie. Ni lanzar un misil atómico para matar el virus. Quédate tranquilo y escucha a tus consejeros. Esta batalla la van a ganar los investigadores y los sanitarios. La gente de a pié sensata. Afortunadamente también tienen muchos de esos.

¡Que horror! Me he dado cuenta de que casi todo lo que tengo que comentar tiene que ver con noticias que he visto en el telediario. Supongo que tiene que ser así. Ahora nuestra visión se ha acortado y nos asomamos al mundo a través de la tele.

Un poco de realidad por fin. La gente ha salido a sus ventanas a aplaudir a los sanitarios. ¡Emocionante! Un buen homenaje. Vamos a necesitar mas gestos de esos. Aplaudamos también a los y las farmacéuticas, empleados de comercios de alimentación, y el largo etcetera de personas que siguen organizadas para mantener en marcha el planeta. Salgamos de vez en cuando a aplaudir, gritar o cantar. Como los italianos. Bravísimo también para nosotros.

 

Domingo 15 de Marzo

Foto de Mark Chinnick

NUBLADO

He salido un rato a la terraza. Desde mi casa se ve el mar. Soy muy afortunado. El pueblo está vacío y tranquilo. Una neblina tenue cubre el Mediterráneo. El mar también está en calma. Hoy no va a salir el sol. Me parece una buena metáfora para la situación en la que estamos. A la espera. En mi equipo de música Marsalis hace sonar el saxo con elocuencia. Un buen ambiente para escribir.

Ayer fue el día de los políticos. Reuniones eternas. Medidas drásticas. División de opiniones. Todos quieren su dosis de protagonismo. Y no es momento para salvapatrias. En general no dan la talla. No me gusta este gobierno dividido en el que, hasta en un tema de esta trascendencia, tienen que conciliar intereses políticos. Inexcusable que acudan al consejo de ministros personas en cuarentena. No importa lo drásticas que fueran las medidas que tomaran para evitar contagios. Es el mensaje que se le transmite a la gente lo que queda. Haz lo que digo y no lo que hago.

 

Luego los mensajes de ambigüedad medida del resto de los partidos: “estamos todos a una pero tú lo haces mal”. Siempre pensando en sacar rédito político a cualquier situación. No dan la talla. No es ese el espíritu.

Alberto Rodríguez Morejón
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