Me gusta colar café

Foto de Nico Kaiser

Tengo una máquina de café en cápsulas que nunca uso. Me gustan las cafeteras italianas. Me encanta el ritual de limpiarla, llenarla de agua y añadir la cantidad adecuada de grano molido. Me gusta cuando el café desborda por el embudo para inundar el recipiente superior. Disfruto escuchando el ruido que hace el líquido al salir a borbotones y el olor que aromatiza la cocina. Fuera está amaneciendo. Se oye el ruido de la ciudad poniéndose en marcha. Colar café es para mí un momento mágico, de quietud, de iniciación. Es el banderazo de salida. Yo también lo veo como una oportunidad para reinicializar el sistema, para hacer borrón y cuenta nueva, desprenderme de lo que ocurrió el día anterior y darme una oportunidad para tener un día diferente, una vida distinta.

Huir de la rutina ha sido siempre una obsesión para mí. Luchar contra la enorme tendencia que tiene el cerebro humano de crear hábitos, para automatizar costumbres. Las rutinas son armas de doble filo. Dan seguridad porque simplifican las cosas, evitan que estemos constantemente tomando decisiones y contribuyen a que podamos vivir en armonía. Pero pueden ser también aburrimiento, desgaste. A la gente nos complace la novedad, disfrutamos de las diferencias. Una buena dosis de cambio nos da la sensación de que vivir con intensidad, de aprovechar el momento. La vida se nos escapa tan deprisa entre la rendijas del tiempo que saborear una taza de café preparada con cariño puede ser una experiencia apasionante si tú decides que lo sea.

Es curioso que un ritual, que es por definición algo que se repite, sea para mí la señal para recordarme que me conviene darme oportunidades para ser distinto, para tener una vida diferente. Definitivamente, me gusta colar café.

 

Alberto Rodríguez M.

Alberto Rodríguez Morejón
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